Por Baltasar Hernández Gómez.
En el tercer milenio se privilegia la liviandad sobre la esencia humana de estar en unidad, paz, amor y plenitud. Hoy en día se vive en la sinrazón donde el sexo suple al amor, porque se cree que amar es sacrificio y compromiso, mientras el intercambio corporal resulta divertido, fugaz y es un escape a las ansiedades.
Estamos en una fase existencial donde la risa es fingida y virtual, ya que según, no vale la pena estar feliz interiormente y mucho menos demostrarlo para que todos estén en la misma sintonía. Ahora mismo es una tragedia perder el teléfono celular, pero resulta intrascendente perder la moral.
En el siglo XXI importa más cómo te ves, que cómo te sientes. Vale más saberse reconocido que admitir que la sencillez es la clave para vivir sin cargas del pasado ni ansiedades por futuros ilusorios.
Importa más el beneficio egoísta que la ayuda desinteresada para que muchos estén bien. Vale más el engaño porque con él se consiguen cosas materiales, que saberse en la verdad, que te hace congruente e íntegro para ser mejor persona, compartiendo logros reales.
En medio de símbolos virtuales, de tecnología que intenta hacer impropio el contacto directo, la mentira se convierte en moneda de cambio y la soledad inducida es caparazón mediante la cual se esconde los miedos a la vida. Hoy los baños son las salas de comunicación para las tomas fotográficas y los mensajes falsos de bienestar.
Se vive en una etapa histórica donde las cosas están de cabeza y donde los que producen no poseen, donde los tontos irresponsables están a cargo de los destinos sociales y los corruptos ocupan los cargos políticos y religiosos que conducen a las masas al precipicio de la obediencia ciega.
Por lo anterior, desde mi perspectiva, es necesario hacer un alto total y reflexionar, a fin de cambiar actitudes y actuar de manera diferente para evitar la caída libre al laberinto del surrealismo y la insensibilidad. Comencemos a ver los entornos sin filtros interpuestos por resentimientos y juicios de valor. Veamos con los ojos del alma para darnos cuenta que el amor, no sólo de pareja, sino a la naturaleza y a la unidad del todo, es la llave donde todo es situado en el lugar y tiempo correctos.
No puede ser que el cuerpo, lo superficial de la materia, esté por encima del gozo humano ante la presencia de un amanecer, ante un beso cargado de cariño y pasión hacia la madre, a la mujer u hombre y ante la caricia y la solidaridad, pretendiendo suplantar esta paz en acción, por el instante cargado de liviandad de sentirse más importante y poderoso que los demás.
Se puede? Sí, sí se puede en la humildad de ser auténticos con lo que se es sin necesidad de adherirse a los convencionalismos sociales, que intentan a toda costa someter voluntades al ámbito de la dominación ideológica y material.
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