MAREMÁGNUM 315
Por Ricardo Castillo Barrientos
Los sucesos violentos acontecidos con frecuencia en la última década en las ocho regiones de la entidad, dan la impresión que los guerrerenses hemos perdido la capacidad de asombro, cayendo en el terreno infértil de lamentaciones y de insensibilidad social, determinantes a garantizar nuestra propia seguridad personal o familiar.
Para nadie es un secreto la proliferación de grupos y células criminales que mantienen en vilo a una inerme población temerosa de resultar víctimas directas o circunstanciales a plena luz del día y en lugares públicos de amplia concentración humana.
Las cifras oficiales revelan una disminución de homicidios y otros delitos, mientras otros se disparan como son las desapariciones de jóvenes de ambos sexos y personas de mayor edad, la mayoría sin dejar rastros ante la desesperación y clamor de sus familiares por conocer el paradero de sus hijos y el regreso con vida a sus hogares.
La delincuencia organizada gana territorios y se desplaza en la más completa impunidad sin que los cuerpos de seguridad logren frenar sus avances, según se puede apreciar en la Tierra Caliente, región Norte y Costa Grande con la “Nueva Familia Michoacana”, en Acapulco y la Costa Chica con “Los Rusos”, en la Sierra donde operan “Los Tlacos” y en la zona Centro y La Montaña Baja, bajo la influencia de “Los Ardillos”, principales grupos criminales en la entidad.
Los desplazamientos forzados de habitantes de comunidades completas se repiten cada vez que suceden confrontaciones bélicas entre bandos delictivos, sufriendo las consecuencias numerosas familias ajenas a conflictos, en su mayoría de extracción humilde y bajos recursos económicos.

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