Por Baltasar Hernández Gómez.
La Simplicidad es el sello con el cual venimos a esta dimensión terrenal. Venimos con el cuerpo desnudo y la capacidad de aprender y reaprender, poseyendo la facultad de empezar de cero y asombrarnos de la existencia.
En el entrenamiento social las personas adquieren las etiquetas y protocolos de comportamiento para la igualación. Todos son puestos en el tamiz de la homogeneidad que establece que hay que adquirir máscaras y destrezas para conducirse por el mundo físico y no morir en el intento.
A partir de ahí, los disfraces y accesorios superfluos son adheridos al perfil conductual y mujeres y hombres andan por la vida tratando de aparentar, siendo personajes que deben presumir condecoraciones para ser aceptados y reconocidos.
Aparecen las ilusiones del éxito y la existencia se desarrolla en medio de bienes, medallas, títulos, adjetivos, relaciones sociales y dinero, tratando de acumular lo más posible para que a través de dicha colección sean valorados.
La ropa, joyas, poses, palabras y ademanes se convierten en el escudo y la marquesina para la presunción y el egoísmo, dejando de lado la esencia de la verdad y el amor como elementos sustanciales que hagan a los individuos seres felices y en paz.
Si ahora mismo es detectada está falla, lo que se requiere es regresar al origen...Volverse simple, honesto, compartido y servicial, dando y recibiendo amor. Sólo así emergerá lo que cada persona es, desechando lo superfluo para existir en el equilibrio exacto de lo esencial.
B.H.G.

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