Por Baltasar Hernández Gómez.
En la nube ideológica transmitida por las instituciones del Estado y los medios masivos de comunicación, la meta global es el mejoramiento continuo de las sociedades, para que sean -algún día- prósperas y justas. Este mensaje replicado de manera permanente por los grupos dominantes ocultan subtextos de control, pues dicha aspiración, que engrasa los mecanismos de legitimación de las ofertas políticas y gubernamentales, sólo aparece como remanso electoral y acciones populistas-asistencialistas.
Lo cierto es que la estrategia central del Estado y los grupos hegemónicos está orientada a mantener la dominación social cultural y económica. Para ello se vale de las normas jurídicas, de los aparatos represivos que tienen el uso legal de la fuerza, así como mecanismos de sujeción, que producen no sólo explotación del trabajo, sino sumisión por necesidad e ignorancia.
Cuando miles de millones de personas en el mundo tienen la consigna interna de levantarse para trabajar y llevar los mínimos satisfactores a sus casas, están pensando en la lógica impuesta: vivir en la sobrevivencia y la ignorancia. Preocupados por comer, medio vestir, medio comer y estar aptos, pero no sano, con la finalidad de seguir reproduciendo el statu quo, lo que menos interesa es adquirir conocimiento significativo y útil para el mundo de la vida, que los haga analizar, criticar, participar y proponer en la acción y la consciencia.
La ignorancia como componente integrado de la pobreza no es un estadio natural de las personas, sino algo que se deriva del sistema de vida que funciona con la única pretensión de dominar para que sólo algunos puedan existir con abundancia material.
Lo que debiera ser una exigencia amplia de la sociedad para que existiera un desarrollo armónico y próspero, se convierte en una súplica: las personas se concentran en pedir más de salario, servicios públicos y apoyos para estar bien, cuando en verdad tendría que demandarse todo eso que es básico, pero al mismo tiempo educación de calidad, vivienda y trabajo digno, políticas culturales que incentiven las bellas artes y la ciencia.
En lugar de estar en contra de la reproducción del sistema político democrático procedimental y formalista, tendría que requerirse -con presión basada en la acción directa de la ciudadanía- un modelo democrático horizontal, donde político, gobernante, legislador, servidor público o juez que incumpla con el mandato constitucional y social sea retirado y puesto, incluso, tras las rejas si se les comprueba delitos.
Hoy el respeto formalizado a las diferencias obnubila pensamientos abiertos y tolerantes, pues en aras de defender una causa específica, se atacan otras muchas. La ignorancia en la gran mayoría de casos no es una condición de orden individualizada, sino producto de una política estructurada de los centros de poder.
La contraparte es que se debe ir por la ruta de la lectura, el compartimiento, el debate, la propuesta, el consenso, el trabajo conjunto que llegue a resultados generales. Se tiene que consensuar desde el disenso, teniendo la voluntad de analizar, comprobar, corregir y trascender para el beneficio multidimensional de cada persona y la colectividad.
Ya basta de aceptar que la ignorancia es tan válida como la certeza de poseer conocimientos. No es posible validar tantos mensajes que aparecen en las plataformas digitales, que estipulan que hay que respetar a los que no desean su mejoramiento o que intentan hacer mal ejemplo con prácticas dudosas que atentan contra su cuerpo, la inteligencia del género humano, la gramática, el arte o la ciencia.
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