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Por Baltasar Hernández Gómez.
La enseñanza de la Historia sobre los movimientos revolucionarios es que la sociedad, comandada por un grupo líder, ante condiciones catastróficas de vida, deciden romper con los esquemas sociales, políticos y económicos imperantes.
En el proceso y consecución de tales movimientos se ha alcanzado el cambio político, dejando latentes los esquemas intangibles del sistema de dominación donde prevalecen las intenciones de control, es decir, hay un intercambio (corto, mediano o largo) de los medios de dominación, pero que al final acaban agotándose y entonces resurgen formas y contenidos autoritarios.
Hasta el momento no han existido revoluciones políticas trascendentales que perduren por más de cien años, sino solamente transformaciones temporales en el plano social, que modifican normas de convivencia, regulación de la organización política y económica y políticas que pretenden contener los estragos del autocratismo.
Hoy en día a pesar del avance potencializado de la tecnología y sus alcances mediáticos, que moldean una y otra vez el sistema de vida globalizado, quitando independencia, existe la posibilidad de la revolución, sí sólo sí, la participación social se hace de manera horizontal, con criterios conscientes de unidad, rebasando los cánones separatistas e intereses de las élites dominantes, a través de la acción congruente de los individuos en todos y cada uno de los espacios donde interactúan socialmente.
Dentro de este contexto, algunos colegas politólogos sugieren que las revoluciones en la posmodernidad surgirán de la búsqueda incesante para solventar necesidades vitales y por la carencia de insumos que hasta ahora han sido aceptados como fundamentales.
Ante el cambio climático, la falta de agua, de aire con calidad, de insuficiencia alimentaria, de energías tradicionales, las sociedades pueden interrumpir el vaivén existencial impuesto por los Estados nacionales.
Y en este nudo de carencia y requerimientos básicos, las masas pueden hacer emerger la demanda de todo lo negado, que primero será visto como anarquía, pero que puede conducir al final a una nueva forma de interacción, donde surja mínimamente el sentido común para el cuidado de la humanidad.
Por el otro lado, las cúpulas gobernantes en lo formal e informal están pensando en hacer surgir transiciones ad hoc para evitar la excitación social y entonces pueden jugar con escenarios para mantener control o derrocar a adversarios sin necesidad de intervenciones directas.
Y es aquí donde aparecen preguntas disruptivas... La especulación en medicinas, alimentos y combustibles a nivel regional o local puede originar el derrocamiento de sistemas políticos sin requerir armamentos?
Puede ser posible que las transnacionales al ocultar artículos considerados de"primera necesidad" por la ideología consumista, generen sin compasión la barbarie?
Respuestas hay muchas, pero lo cierto es que más allá de especulaciones teóricas, la decadencia del medio ambiente es un detonante para la toma de consciencia y, ante la omisión a propósito de gobiernos mundiales y empresariales, el holocausto puede hacer brotar nuevos tipos de perspectivas para ser mejores y que la mayoría de personas se conduzcan con parámetros de consciencia y acción comprometida para preservar la vida en términos realmente humanos y no mercantilistas.
Empecemos a cambiar desde adentro y luego traducir los pensamientos, sentimientos y realizaciones en ocasiones propicias y concretos para rescatar la brillantez personal y colectiva sin distingos sociales, políticos y económicos.
No dejemos arrastrarnos por la inercia y mucho menos permitir que el destino catastrofista nos alcance.
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